jueves, mayo 05, 2011

El presidente y el beato

Quizás a muchos extrañaron las declaraciones destempladas del aún presidente Alan García, atribuyendo a Juan Pablo II la muerte del terrorista Osama Bin Laden. Sin embargo, con mucho pesar he de reconocer que el presidente y el actual beato tienen al menos una cosa en común: la incapacidad para enfrentar los flagelos institucionales propios.

Alan García en el 2008 minimizó los escándalos de la revelación de los petroaudios, y es más, casi pidió que no se los investigara porque, afectaría a gobernabilidad del país, que irían a favorecer a Humala y et al. Pero ese no iba a ser el mal mayor obviamente: es irónico que el mismo año que se derrotara a la impunidad (2009 con la sentencia a Fujimori) quedara estancada, sino truncada, la oportunidad de investigar el peor caso de corrupción política en este gobierno. Pensando de buena fe, hubiera sido la oportunidad de purgarse de elementos corruptos, pero como sabemos, no hubo la voluntad política por hacerlo.

Juan Pablo II durante su papado impidió a través de su nuncio en Irlanda la investigación de al menos 2 000 denuncias sobre pederastia cometida por sacerdotes, la peor lacra que sufre la Iglesia Católica. ¿La razón? acaso temiera el hoy beato que por ello aumentase el número de apóstatas o conversos a otras ramas del cristianismo. Pero va a resultar que ese no es el peor de los males (aunque francamente, hay movimientos antipederastia con un fuerte componente antiteísta que han convertido esta justa lucha en un gana-gana) no, ni que cándidamente Wojtyla aceptara las disculpas de cierto pederasta confeso... el peor de los males es que la pederastia sigue ahí, aunque su porcentaje no sea tan elevado, sigue campeando la impunidad a despecho de la buena fe que profesan muchos y a despecho de sus víctimas. Por eso a veces me pregunto, si acaso no era Fujimori o Alan el paradigma de la impunidad, sino ese viejo rezago del Fuero Juzgo, que sólo castiga el amancebamiento con cambio de parroquia.

Visto así, la excusa para la impunidad parece ser la misma: en aras de la estabilidad y prestigio de una institución, Estado o Iglesia, sus líderes invocan como solución el esconder la basura bajo la alfombra. Nadie en su sano juicio puede pensar que atrasar los problemas los soluciona. Nadie puede sino pensar que una respuesta enérgica es la única reacción posible. En ambos casos, es deplorable el resultado: un país hecho pedazos por un lado, y la impunidad vistiendo de palio, por el otro.

Además, sientiéndome republicano, no puedo dejar de pensar en que a fin de cuentas, el Vaticano no es sino una monarquía domesticada por el Occidente ilustrado, que sobrevivió gracias a transfusiones de humanismo y renacimiento, y que irónicamente, tuvo un despunte en el siglo pasado con un Juan Pablo peregrino y sonriente, que transmitía un halo de cercanía y confianza... sin embargo lo cierto es que dicho proceso, el aggiornamiento, había comenzado con el excelentísimo Juan XXIII y continuado con Paulo VI (quien le inyectó vigor social y acercamiento a los pobres), pero parece ser que el Papa que vino del frío lo ha dado por finiquitado.

Otro paralelismo con García por si algunos lo dudan: en el 2006 este gobierno tuvo la oportunidad de continuar la democracia liberal que nos costó instaurar luego de la nefasta dictadura de Fujimori en los 90. Comenzó con Valentín Paniagua, quien tan modestamente solo tomó 8 meses para la transformación de éste país; siguió mediocremente en el gobierno de Toledo, que es un periodo tan gris que prácticamente su sola mención torna nebulosa la memoria... Ahora sólo existen dos opciones: o el retorno a la década oscura, o el aventurarse a un panorama ignoto y hasta peligroso. El proceso democratizador terminó cuando salió elegido Toledo en todo caso, pero definitivamente desapareció con el ascenso de Alan García.

Sepan que no me hace gracia escribir esto. Pero precisamente porque no me hace gracia saber que tan importantes instituciones no cumplen con nuestras expectativas, y sabiéndome al mismo tiempo, laico y ciudadano, no puedo dejar de reparar en que la indiferencia en los males interiores, es el peor flagelo de nuestros tiempos. En el caso de Juan Pablo me atrevería a concederle el beneficio de la duda y pensar que a solas y momentos previos a su muerte, se arrepintió de haber dejado pasar la oportunidad de hacer justicia: después de todo nadie como él para saber del dolor y la opresión. Pero, quizás ni el tiempo ni la historia sean tan benévolos con el doctor García. Como dijera Hildebrandt: "ha ganado dos veces las elecciones pero terminará en el trastero de la historia".

Bueno, además que tanta cosa. Para santos, preferiría encomendarme a Santa Mary McKillop, quien debiera ser el ícono de nuestros tiempos en la lucha contra la pederastia. No estoy bromeando, leed su biografía.