domingo, enero 16, 2011

Tribulación, la batalla antes del fin: la crítica

Pues bien, estamos ya a mitad de mes y no he actualizao naa. Sin embargo ayer tuve la oportunidad de visionar el primer episodio de la nueva serie que transmiten los sábados por la noche, en canal 4: Tribulación, la batalla antes del fin. Ojo que esto es solo mi experiencia de haber visto UN episodio. Quizás cambie en las siguientes semanas.



En fin... pues, eso.. sí, de eso se trata. ¿O no? o_O

Vaya la verdad no tenía expectativas muy altas. Los avances me presentan un trabajo que se sostiene con muy poco, con constantes referencias a Legion (la horrible pelicula del año anterior) Constantine, e incluso los Expedientes X se podría decir... pero hasta ahí nomás. El principal problema con esta serie es que la idea ya está muy pero muy tocada: la eterna batalla entre el bien y el mal, tararín tararán y todo eso... No es que el tema no pueda ser explotado, sino que precisamente, debe encontrar la manera de ser explotado óptimamente. No por nada es el tema más recurrente en las expresiones artísticas, desde el cine y la televisión, hasta la música.

Se dice que la serie es "innovadora"... eso lo será acá. Siendo que el tema es bastante remanido, entonces queda el crear personajes sólidos, que aunque ya sepamos qué roles le corresponden, logren captar nuestra atención. Y ése es el problema con este primer visionado: los personajes, además de no estar debidamente caracterizados (¿desde cuando las actuaciones peruanas han sido las mejores?) resultan muy poco capaces de llegar al espectador, de conectarse con él. En algún lado creo haber visto eso del tio que es capaz de ver demonios con uno de sus ojos, precisamente uno de los poderes del protagonista, el teniente Falco. Del periodista fisgón me queda poco qué decir, siempre repitiendose las mismas frases... ejem no, hasta ahora ninguno de los personajes conecta.

Sobre los efectos quizás no haya mucho qué comentar, unas luces en el Adobe Premiere no son FX: pero como ya sabemos que eso no garantiza una buena historia; así que no atacaré la serie por ese lado. No se puede sacar de donde no hay, como siempre.

En fin, pues, ojalá despegue esta serie de tanto marasmo que imprimió con su primer episodio. Como escape a los bodrios de Al fondo hay sitio y No me llamo Natacha puede funcionar, pero va a necesitar más que eso para despegar y engancharse con la teleaudiencia; aunque sino lo lograra, pienso yo que en esto tendría también la culpa aquella teleaudiencia cautiva de las series antes mencionadas. Ah, y también para seguir manteniendo el interés del Guillermo del Toro, el talentoso director de cine, quien comentó que quería participar de una eventual adaptación a la pantalla grande. Ojalá no se le vaya el entusiasmo con los siguientes episodios; aunque si yo fuera él mejor trabajaría de lleno en la tercera entrega de Hellboy antes de prestarme a apadrinar proyectos riesgosos. Primero los dientes, antes que los parientes.

sábado, enero 01, 2011

La guerra del fin de año

Ya se han cumplido como 22 horas de este primer día, de este primer año, de una década más que se acumula en el devenir histórico. Atrás han quedado muchos recuerdos, frustraciones, amores, odios y demás avatares, aunque algunos continúan. Entre ellos, está el que considero una tara que se repite cíclicamente todos los años, y que convierte en inútil, el propósito de renovar los hábitos "el año que viene"; total si lo vas a perpetrar el día número 364 (ó 365 si es el caso), es que no has tenido la voluntad de cambiarlo.

La víspera de año nuevo, mientras ponía en orden algunos asuntos, revisaba la galería DeviantArt de uno de los mejores artistas gráficos del medio: Bleedman, el alias cibernético de un talentoso filipino que es capaz de convertir tus sueños en pesadillas, y tus pesadillas en un carnaval onírico y atrapante. Éste artesano del doujinshi, escribió ayer: "Sabía que no podía dormir la noche de Año Nuevo, porque allá afuera sonaba como en un maldito campo de batalla, así que decidí trabajar aquí mismo. Los fuegos artificiales me mantuvieron despierto".

Y eso pasa en Manila. No sé de qué manera se podría comparar aquella anarquía de pólvora con la que siempre se estila acá en Lima. Debe ser mil veces peor. Ayer fui testigo de la transfiguración anual de mi ciudad en un Beirut de la convivencia, en una Gaza de la decencia. Un incesante bombardeo de petardos, coloreaban el cielo con lucecitas tan huachafas como los lentes que marcan el numeral del año que se viene (que justo hoy se ven más huachafos que nunca).

El armagedón de calaverones, huanuqueños y binladens, de morteros wannabe, de artillerías falsamente orientales se adueñó como cada año, de las calles otrora apacibles de esta urbanización orillada a un lado de la Universitaria. Un sólo fósforo basta para desatar la cacofonía con la que la vulgaridad despide el año, eso sí, aduciendo estar muy feliz.

No soy el único que debe odiar la estúpida traca falsamente bélica que ayer se montó. Un modesto ejemplar de labrador negro, que comparte nuestra casa en calidad de mascota, sufría lo indecible a causa del finísimo oído con el que fuera dotado por el proceso evolutivo. Por ello fue que tuvimos que hacerle una conseción al canino colega, de deambular en el interior de la casa, al pobrecillo cuadrúpedo de sentirse parte de la familia, más que nunca. Y es que la naturaleza de los perros es harta contraria al frenésí bélico del ser humano; y es por eso me dan mucha pena los perros que participan en el Ejército y la Policía, y que no llegan a su jubilación.

Quizás sea que exagero, pero es que una cosa son los fuegos artificiales coreografiados e iluminadores de las plazas públicas, que es cierto, hacen ruido, pero no son un frenesí de caos al menos. Pero es que también es cierto que quienes proveen de morteros a este ejército sin bandera, son precisamente, el comercio informal, la fabricación artesanal y alquímica, muchas veces volátil, y los herederos de aquel incinerador que fue el 29 de diciembre del 2001, el centro comercial Mesa Redonda. Y porque además, considero una insolencia, el evocar "el fulgor de cohetes, de bombas estruendo" como dice el himno estadounidense, el hallar placer al remitirse a un bombardeo a lo Sabra y Chatila, o aquella víspera del 2009, de los niños de Gaza y aún un lejano 1999 en Kosovo.

Ayer pues, los vecinos declararon la guerra a nadie, y apuntaron sus artillerías de atrezzo a no sé quién, acribillaron el cielo desde la enanez del suelo, e iluminaron insolentemente la oscuridad de la noche, a violar su silencio. En suma, a convertir Lima en una Guernika del auténtico espíritu de la celebración. En esta guerra no hay vencedores, aunque sí vencidos: todos los que pensamos que el amor por la estridencia no forma parte de la legítima expresión de la alegría. Y si para este año que viene no te has comprometido a cambiar este hábito de vagas raíces chinas, mejor no prometas nada, si vas a formar parte de los batallones de la próxima guerra del fin del año. Para tal caso, prefiero por todo ruido, soplar un matasuegras de polichinela.