lunes, abril 20, 2009

El día que cayó Sendero Luminoso (parte 1)

El siguiente es un artículo escrito por Gustavo Gorriti hace ya más de una década. Considero difundirlo, porque ahora que Fujimori ha sido sentenciado, no faltan las voces insensatas que abogan por la guerra sucia como un método que logró la pacificación de nuestro país. Y porque, nos demuestra cómo la inteligencia y el método de investigación, triunfaron sobre la brutalidad del grupo terrorista. Es una crónica del olvidado GEIN y su sagaz jefe, el coronel en retiro Benedicto Jiménez Baca, quien junto a un grupo de decididos agentes, decidieron humanizar la guerra interna, con el resultado que ahora tenemos: Abimael Guzmán capturado y encerrado de por vida.

El siguiente artículo lo he tomado de un número de Selecciones del Reader's Digest, de diciembre de 1996.

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La ola de terror desatada en Perú por Sendero Luminoso durante más de una década de violencia había costado miles de vidas. Y a medida que la nación se precipitaba hacia el caos, los senderistas cobraban mayor fuerza. Esta siniestra organización, comandada por Abimael Guzmán, líder despiadado y fanático, controlaba buena parte del territorio rural del país, y había comenzado a someter la capital mediante una encarnizada guerra urbana. La única posibilidad de acabar con el sangriento movimiento era darle una estocada en el corazón; es decir, capturar a su dirigente. Y esa difícil misión iba a recaer en un grupo de agentes excepcionales. Si lo lograban, significaría la salvación de su patria.

Era poco después de la medianoche en los estudios de Canal 2 de la ciudad de Lima, una de las estaciones televisivas más importantes de la capital peruana. El programa noticioso "El especial de 90 segundos" estaba por terminar. Fuera del edificio, en una caseta de vigilancia construida sobre un muro de 3 metros de altura, el guardia de seguridad Javier Requis vio un enorme camión doblar la esquina y enfilar hacia allí por la calle desierta. Requis había sido marino, así que de inmediato supo que el vehículo era de transporte de tropas de la armada. En eso, las puertas del camión se abrieron y tres hombres saltaron al pavimento. En Lima, en 1992, eso sólo podía significar una cosa...

-¡Coche bomba!- gritó el guardia a todo pulmón.

Dentro del estudio del programa de noticias, periodistas y presentadores y el personal de producción corrieron a refugiarse debajo de mesas y escritorios. Requis sacó su pistola e hizo varios disparos a la cubierta del motor del camión, con el volante trabado y un ladrillo oprimiendo el pedal de acelerador, irrumpía por las puertas de acceso hacia la entrada del edificio. En el interior del estudio se hizo un silencio repentino , sólo interrumpido por los gemidos de pavor de una empleada. Entonces el camión estalló. La explosión de media tonelada de nitrato de amonio pulverizó los gruesos muros del edificio con la violencia de un terremoto. Al cabo de unos segundos, Alejandro Pérez, el productor del programa, Requis y otro guardia estaban muertos, y más de 30 personas yacían heridas. Unas 100 construcciones, entre viviendas y comercios ubicados en más de tres manzanas, sufrieron graves daños; varios trozos de metal que salieron arrojados del camión cayeron a kilómetro y medio de distancia, y el cuerpo destrozado de Javier Requis fue hallado a unos 100 metros de la caseta de vigilancia.

Sendero Luminoso, la organización maoísta que había sentado sus reales en gran parte del territorio rural peruano, estaba dirigiendo la mira hacia la capital del país. Incitados por un líder fanático, los senderistas estaban intensificando la "guerra interna" que habían empezado más de diez años atrás y cuyo propósito era apagar la llama de la frágil democracia peruana.

Misión peligrosa

Corría 1990. En el interior del edificio feo y gris de la jefatura de policía de Lima, el investigador Benedicto Jiménez Baca, de 36 años, respiró profundamente y luego abrió la pesada puerta del despacho del general Fernando Reyes Roca, jefe de la dependencia. Disgustado desde hacía mucho tiempo por las tácticas que sus colegas usaban en la lucha contra Sendero Luminoso, Jiménez había propuesto diversas estrategias audaces -entre ellas realizar la investigación utilizando técnicas de inteligencia- para infundir nuevos bríos a la actividad antiterrorista. Sin embargo, sus críticas y propuestas sólo le acarrearon conflictos con sus compañeros y superiores, y la notificación de que iba a ser asignado a un puesto de oficina. Así pues, fue al despacho del general a despedirse, pero fue éste quien habló primero.

-Conversé sobre usted con Agustín Mantilla- Reyes Roca empezó a explicarle, refiriéndose al ministro del Interior-. Decidimos confiarle la tarea de formar un grupo independiente especial. Tendrá oficinas propias y sólo recibirá órdenes mías. Su misión será acabar con Sendero Luminoso, y no sólo con los militantes, sino también con el cabecilla.

Jiménez se quedó sin habla. Abimael Guzmán, ex profesor de filosofía convertido en maoísta, dirigía a Sendero Luminoso desde lo que en apariencia era una clandestinidad imposible de penetrar. A veces se informaba que el escurridizo personaje se encontraba en la región andina, y horas después se decía que estaba en Lima. Se movía en una red siempre cambiante de refugios secretos, y la policía no podía atraparlo porque Guzmán no solía permanecer más de un mes o dos en el mismo sitio.

Entre los senderistas, la astucia de Guzmán para escabullirse, no hacía más que aumentar su renombre y su influencia. La lealtad incondicional que le profesaban había hecho que la organización fuera casi impenetrable. El ejército y la policía antiterrorista -conocida como DINCOTE- les habían ganado algunas batallas, pero sin infligirles más daño que aprehender a algunos de los subalternos. Y en cuanto encarcelaban a un grupo de militantes, otros los reemplazaban al poco tiempo.

Los senderistas controlaban ya, o amenazaban con hacerlo, muchas regiones importantes del Perú, entre ellas buena parte del valle del Huallaga, zona productora de coca. Allí, por medio del terror, de amenazas y de reclutamiento, habían instaurado un gobierno fantasma que cobraba "impuestos" por todos los renglones del comercio de la cocaína: desde un gravamen por cada bolsa de hojas de coca producida por los campesinos, hasta un "impuesto de salida" que los traficantes debían pagar por cada avión que salía del valle. La organización también llenaba sus arcas con las "contribuciones" provenientes de numerosos negocios legítimos.

-Cuente conmigo- le respondió Jiménez al general.

El investigador sabía que acababa de aceptar el reto más difícil de su vida. Perseguir a Guzmán, era como perseguir un mito. El "presidente Gonzalo", como lo llamaban sus secuaces, era la clave de la unidad y la fuerza de la brutal organización. Él los hacía sentirse invencibles. En las prisiones de Perú, los senderistas encarcelados manifestaban su lealtad al líder con franca devoción. Alzaban antorchas ante su retrato y expresaban por medio de cánticos estar dispuestos a morir por "el marxista leninista maoísta más grande que existe sobre la faz de la Tierra". Su fanatismo no sólo los llevaba a declararse dispuestos al sacrificio, sino a matar sin piedad en su intento de someter por el terror a la sociedad peruana.

Sin embargo, para la mayoría de los peruanos Guzmán era un terrible símbolo de muerte y destrucción, una mente alucinada al frente de un grupo de exaltados. Su objetivo era acabar con la frágil democracia de Perú para imponer una dictadura marxista leninista y después extender la revolución a Ecuador, Bolivia y otros países. Para lograrlo, Guzmán había advertido que el gobierno comunista llegaría al poder llevado por un "río de sangre". De hecho, su delirio ya había costado 25.000 vidas.

El general Reyes Roca había elegido al hombre apropiado. Benedicto Jiménez, hijo de un capataz de obra negro y de una inmigrante griega, jamás se había doblegado ante un desafío. Su familia había sido de escasos recursos, pero él logró terminar la enseñanza media gracias al empeño y la insistencia de su madre. Para un muchacho con sus antecedentes, la policía de Perú era una de las poca opciones de empleo seguras. No aprobó el examen de admisión de la academia de policía, pero no se dio por vencido; se puso a estudiar con ahínco y consiguió ingresar al segundo intento. Durante cuatro años fue el mejor alumno de su clase, y luego se ganó la oportunidad de asistir al curso de comandos del ejército peruano. Fue el primer policía que logró terminar exitosamente ese curso, y hasta hoy, el único.

Después de graduarse en la academia de policía, Jiménez colaboró con agentes de la Administración Ejecutora de Leyes sobre Drogas de Estados Unidos (DEA) en al persecución y captura de grandes traficantes de cocaína en Perú. Era una tarea muy peligrosa, pero él aprendió a realizarla bien. Sobre todo asimiló el valor de tener paciencia para reunir datos, vigilar de cerca y hacer análisis metodológicos. Esto fue lo que convenció a Reyes Roca y a Mantilla de encomendarle tan arriesgada misión.

Dos semanas después de su entrevista con el general, Jiménez fue a instalarse en la apretada oficina que le asignaron, enfrente de la jefatura de policía. El lugar no estaba bien equipado: sólo había una silla desvencijada, un escritorio pequeño y una vieja máquina de escribir prestada. El investigador había solicitado 20 hombres, pero sólo le dieron cinco. Para desempeñar el trabajo de vigilancia y documentar con imágenes sus pesquisas, recibió dos coches destartalados y la anticuada cámara de vídeo del general.

-Ni hablar- les dijo Jiménez a sus colaboradores cuando se reunieron en la oficina-. Nos arreglaremos con lo que tenemos.

También les hizo saber que la unidad se llamaría Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), en homenaje del grupo antinarcóticos del que había sido miembro años atrás. Para partir de bases sólidas, les explicó además la filosofía y el método de operación que debían adoptar.

-Los terroristas no actúan por su cuenta. Tienen que recibir órdenes y mantener informados a varios jefes. Los seguiremos e cerca y luego haremos lo mismo con sus contactos hasta dar con el cabecilla. Tenemos que ser más listos, más sutiles, y más rápidos que el enemigo.

Jiménez estaba decidido a lograr que el grupo mantuviera elevados principios morales y a evitar a toda costa que incurriera injustificadamente a la violencia.

-Sendero Luminoso va dejando destrucción y muerte a su paso- les dijo a sus hombres-. Nosotros, en cambio, defendemos la vida, la libertad y la democracia. El que no crea estar a la altura de estos principios, puede irse.

Era un mensaje que habría de repetir una y otra vez.

Luego, en una hoja grande de papel, Jiménez hizo un dibujo que parecía una telaraña fue poniendo nombres a tantos hilos como pudo. En el centro colocó a Guzmán. La misión del GEIN, explicó, sería seguir a las arañas pequeñas hasta llegar al centro de la tela.

Tras indagar minuciosamente en sus archivos, el investigador compiló una lista de presuntos simpatizantes de Sendero Luminoso, así como de ex miembros de la organización. Una corazonada lo impulsó a concentrarse en una mujer de treinta y tantos años de edad, a la que llamaban "Isa". Seis años atrás, ésta permaneció detenida por un tiempo por ser supuesta militante secreta de Sendero Luminoso, pero después fue puesta en libertad por falta de pruebas. Un año más tarde, la policía antiterrorista recibió una carta de la madre de un joven que Isa quería reclutar para Sendero Luminoso. El tono de la carta era de angustia, y en ella, la mujer había anotado la dirección y el número telefónico de Isa.

Era posible que ésta siguiera siendo miembro activo de la organización, y como habían transcurrido ya muchos años, quizá confiaba en que nadie la vigilaba. Jiménez reunió a sus hombres.

-Quiero saber quiénes son los amigos de Isa- les dijo -, qué sitios frecuenta y quiénes la visitan.

Aquéllos se encargarían de recopilar cuanta información fuera posible en forma de fotos, cintas de vídeo y grabaciones telefónicas, y Jiménez irías revisando día con día el material reunido.

La corazonada del investigador fue certera. Uno de los contactos de Isa era Alfredo Castillo Montañez, un senderista veterano bien conocido por la policía. Este hombre hablaba en clave por teléfono. Cuando decía "Ven a recoger 200 plumas", Isa y otros miembros de la organización acudían a una oficina que Castillo alquilaba y salían cargando con varias cajas de cartón. Las "plumas" que éstas contenían no eran otra cosa que material propagandístico de Sendero Luminoso.

Paradójicamente, pese a que Jiménez y el grupo comenzaban a hacer progresos, sus colegas mostraban un insolente desdén por sus métodos. A la hora de pasar lista general, se mofaban de ellos llamándolos "los cazafantasmas"y haciéndolos objeto de sus chistes. Jiménez prefirió callar y concentrarse en enseñar a sus hombres las refinadas técnicas de vigilancia que había aprendido en las operaciones contra el tráfico de cocaína.

Al poco tiempo los miembros del grupo tenían ya en la mira a varios de los sospechosos con quienes Isa y Castillo tenían contacto.

-¿Cómo sabremos a cuáles seguir?- le preguntaron a Jiménez.

-Vigilen a los de más alto rango -respondió él-. Les diré cómo.

Entonces los condujo a una sala y les mostró un vídeo de un encuentro en la calle de dos militantes de Sendero Luminoso.

-Es claro cuál de los dos transmite las órdenes -dijo, mientras señalaba la pantalla-. El superior habla y el otro escucha. El subalterno llega primero y aguarda; el de mayor grado rara vez tiene que esperar. El subordinado habla con deferencia y el otro con autoridad. Así es como pueden distinguirlos.

El ministro Mantilla y el general Reyes Roca empezaron a hacer visitas al grupo, provistos siempre con raciones de comida china para todos. Revisaban los vídeos más recientes y estudiaban la telaraña de Jiménez, que se iba agrandando día con día. Pese a que había mucho en su contra, el taciturno investigador estaba obteniendo resultados, así que le consiguieron más hombres.

(continuará)

1 comentario:

Carlos Tejadas dijo...

“…Como sucedió en varios otros momentos de nuestra historia militar, la logística y el comando y control de la Fuerza Armada fueron más bien débiles en la relación entre las grandes y las pequeñas unidades. Por eso, la capacidad de iniciativa que tenía cada joven teniente o capitán que se hacía cargo de un distrito, era muy grande. Con muy pocos medios, tenía que alimentar, cuidar y mantener la disciplina de su tropa. A la vez, debía operar y, finalmente, proteger a la población local. Para los jóvenes, inicialmente inexpertos oficiales, al mando de muchachos casi adolescentes, generalmente foráneos (casi siempre llegaban de otras provincias), el desafío era inmenso y las instrucciones mínimas o inútiles.
Por eso, hay veteranos que sostienen que la guerra con Sendero Luminoso fue una guerra de tenientes y de capitanes. En esa situación de responsabilidad e inexperiencia, las diferencias individuales afloraron y fueron decisivas. Muchos jóvenes oficiales se identificaron profundamente con la población que les tocaba defender y se convirtieron en líderes comunales en tiempos de guerra.
En otros, sin embargo, el poder, la distancia cultural, la sospecha y el miedo, los convirtieron en tiranos impredecibles. A veces un tipo de oficiales sucedió al otro de un año al siguiente. Para los comarcanos, sobrevivir no solo suponía enfrentar a Sendero.
Claudio Montoya fue un joven teniente de ingeniería en el Ejército durante los años duros de la guerra. Ingeniero o no, le tocó actuar como infante una y otra vez, en increíbles marchas y misiones entre descabelladas, cómicas, heroicas y muchas veces trágicas. Años después, retirado , escribió una novela en primera persona(1) sobre sus días de campaña, y su lectura enseña más que la mayoría de análisis…”
Gustavo Gorriti, Revista Caretas 2131
(1) La Guerra de los Tenientes, Memorias de la Guerra con Sendero Luminoso. Claudio Montoya Marallano (2008) http://memoriasdelaguerraconsenderoluminoso.blogspot.com