jueves, abril 23, 2009

El día que cayó Sendero Luminoso (parte 3)

Al borde del caos

Al igual que Benedcito Jiménez, cuya vida era ejemplo de perseverancia y tesón para superar dificultades en apariencia insalvaables, muchos de los miembros del GEIN eran hombres decididos a y tencaes, proveninetes de famlias de escasos recursos que emigraron a la capital en busca de una vida mejor. La huida de Abimael Guzmán fue muy frustrante para todos ellos, pues con el paso de los meses el país se había ido precipitando al caos. mediante ataues sorpesivos en los barrios pobres de la ciudad, los militantes de Sendero Luminoso, destruían redes de organizaciones populares, asesinaban líderes y dejaban en ruinas comedores de beneficiencia y edificios de asociaciones de ayuda mutua. Los extranjeros que realizaban trabajos voluntarios en la comunidad eran objetos de atentados; los grupos de feligresese recibían graves amenazas, y los empleados de organizaciones no gubernamentales eran perseguidos o asesinados. A raíz de un sabotaje perpetrado por los senderistas contra la red eléctrica de Lima, el racionamiento de energía y los apagones se volvieron cosa habitual. Así pues, para los agentes del GEIN atrapar a Guzmán también se convirtió en un reto.

Las gavillas de Sendero Luminoso que perpetraron los actos terroristas más atroces en Lima, pertenecían a "Socorro Popular", el grupo de "beneficiencia" de la organización. Al principio esta agrupación se limitó a asesorar a terroristas presos, a ayudar a sus familias y a proporcionarles atención médica. A fines de los años 80, empero, "el presidente Gonzalo" ordenó "militarizar" todas las divisiones senderistas, y Socorro Popular lo hizo con tal eficiencia, que al poco tiempo estaba a cargo de planear y ejecutar casi todos los actos terroristas urbanos de la organización.

Sus miembros eran hombres y mujeres bien adiestrados, dispuestos a vivir como espartanos y a desplazarse por todas las zonas de la ciudad cuando se requería. Siempre alertas y recelosos, reconocían sin dificultad a los equipos de vigilancia de la policía. Para evitar que los pocos hombres con que contaba fueran descubiertos, Jiménez hizo que unos actores les enseñaran a maquillarse y disfrazarse a fin de parecer entres 30 y 40 años más viejos. Los agentes pronto aprendeieron a transformar su apariencia con cambios de vestuario, postura y manera de caminar.

Un experto británico a quien llamaban "Norman" los hizo revisar a fondo sus técnicas de vigilancia, y luego les enseñó las mejores maneras de combinar observadores de a pie con observadores en vehículos, así como a relevarse sin ser descubiertos.

Poco a poco, Jiménez y sus agentes fueron haciendo progresos. El 28 de noviembre de 1991 capturaron a una fracción importante del brazo miltar de Socorro Popular. Posteriormente el 26 de febrero de 1992, el GEIN puso fin a las actividades clandestinas de las clínicas móviles de al agrupación, en primer término las de cirugía. Y el 13 de abril del mismo año aprehendieron a los senderistas encargados de publicar El Diario.

Por entonces Jiménez contaba ya con los servicios de varios investigadores distinguidos. Un hombre, que era mago de la fotografía y la electrónica, se encargaba de diseñar para el grupo toda clase de aparatos y accesorios para filmar, fotografiar y grabar a los sopechosos. Él les enseñó a los agentes del GEIN a intervenir teléfonos públicos utilizando minimicrófonos, y diseñó una maleta especial para cámara de vídeo que permitía operar el aparato sin necesidad de abrir la maleta.

Jiménez sometía todas las desiciones importantes a la consideración de Marco Miyashiro, comandante de la policía de investigaciones, y a la del mayor Luis Valencia Hirano, ambos expertos agentes antiterroristas descendientes de inmigrantes japoneses.

Otros colaboradores del grupo eran el capitán Guillermo Bonilla, incansable agente especializado en las actividades de Sendero Luminoso, y el mayor Rubén Zúñiga, quien se convirtió en uno de los mejores organizaciones y analistas del creciente caudal de información que el GEIN recibía.

Con todo, la situación general seguía deteriorándose, y Jiménez se percataba de que los esfuerzos de sus hombres resultaban insuficientes. Peribía la desesperación y la intranquilidad que reinaban a su alrededor. En tanto Abimael Guzmán anduviera suelto, la sangrienta campaña de Sendero Luminoso mantendría su marcha inexorable. Los viejos amigos de Jiménez, como muchos otros peruanos, estaban abandonando el país. En las reuniones que el grupo sostenía con otras agencias policiacas con el ejército, la rabia y la frustración eran incoultables. El creciente número de guardaespaldas que contrataban los principales funcionarios de seguridad del país revelaba con claridad sus temores.

Jiménez no tenía guardaespaldas; Miyashiro y Valencia tampoco. Para ello habrían tenido que sustraer del servicio a varios de sus hombres. Benedicto vivía en el quinto piso de un edficio ubicado en un barrios de clase media. Cada vez que iba a salir del inmueble, su ayudante recorría las calles aldeañas para cerciorarse de que nadie lo estuviera vigilando, o para prevenir una posible emboscada. Luego Jiménez salía a toda prisa con su pistola calibre .38 en la mano, aunque cubierta con un suéter o con un periodico.

El investigdaro regresaba a casa a distinta hora cada día y casi siempre avanzaba la noche, lo cual repercutió enormemente en su vida familiar. No obstante lo doloroso que era pra él y para su esposa, acordaron no salir juntos del edificio.

-Así, si algo malo le pasa a alguno de los dos, nuestros hijos se quedarán al menos con un padre -dijo Benedicto.

Mara, policía como él, sobrellevó con valentía la incertidumbre, y con frecuencia la soledad. Sin embargo, la tensión aumento hasta volverse casi insportable. Benedicto pasaba entre 10 y 14 horas diarias en la oficina del GEIN, seis o siete días a la semana, revisando vídeos y planeando las tareas de sus agentes. Cuando el grupo realizaba operaciones importantes, Jimenez podía pasar varios días en la oficina sin volver a casa. Su propósito de capturar a Guzmán había empezado a convertirse en obsesión.

Mara comprendía que para su esposo era casi imosible sutrarse del trabajo, pero tambien sabía que era a sus hijos a quiense más afectaba la susencia de Bendcito. Esta situación empezó a tener consecuencias negativas en el rendimiento escolar de los niños. Cuando la hija de la pareja, que hasta entonces había sido una estudiante ejemplar, empezó a tener dificultades en la escuela, Mara concertó una cita con un psicólgo para pedirle consejo.

-Por favor, trata de venir -le suplicó a Benedicto.

Jiménez asistió a la cita, pero llegó tarde e irritado por tener que dejar el trabajo unas horas.

-¿Cómo pueden sentarse aquí a hablar de psicología mientras el país está a putno de explotar? -dijo, un poco exasperado.

El tiempo se agota

El 5 de abril de 1992, el presidente de Perú, Alberto Fujimori, ejecutó un "autogolpe", disolvió el Parlamente y el poder judicial y empezó a gobernar por decreto. Elaboró un programa para convocar a elecciones, pero, entre tanto, en el país se abolió la democracia.

Los senderistas ni se inmutaron. Por orden de Guzmán, hicieron estallar ocho coches bomba en Lima entre el 5 de abril y al tercera semana de mayo, la mayoría de ellos en estaciones de policía e instalaciones del ejército, con efectos desastrosos. El 22 de mayo, un vehículo cargado con media tonelada de explosivos estalló en San Isidro, zona de edificios de oficinas, bancos y centros comerciales. El gobierno impuso el toque de queda.

Los asutados genreales y funcionaros de seguridad del régimen de Fujimori le exigían resultados a DINCOTE; es decir, que hiciera arrestos. Y en las reuniones del alto mando de la policía sólo se hablaba de que el tiempo se estaba acabando.

(continuará...)

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