sábado, abril 25, 2009

El día que cayó Sendero Luminoso (parte 4)

Efecto demoledor


Dos semanas después del bombbazo que destruyó el Canal 2 de televisión, Jiménez decidió aprehender a "Sotil". Durante dos años lo habían usado como señuelo para atrapar a otros, y la mayoría de sus contactos ya estaban en prisión.


Arana Franco fue trasladado a al oficina del GEIN. Cuando trató de negar que era miembro de Sendero Luminoso, Jiménes le mostró una foto que sus agentes habían encontrado y que probaba que había asistido al entierro secreto de la esposa de Guzmán. Luego lo hizo escuchar las cintas magnetofónicas y ver las cintas de vídeo que sus hombres habian grabado en el transcurso de dos años, y que demostraban que había tenido conversaciones y encuentros con altos dirgientes de la organización. Po último, le mostró un informe sobre sus estados financieros, el cual revelaba que su academia generaba entre 20.000 y 30.000 dólares mensuales para los guerrilleros.


El efecto fue demoledor.


-Si decide colaborar con nosotros, lo ayudaremos en todo lo que podamos -le ofreció el investigador-. Tal vez se pueda hacer algo por usted.


Como muestra de buena fe, Jiménez puso en libertad a la esposa de Arana Franco.


El astuto "Sotil" se vino abajo. Vacilante al principio, luego mas resuelto, reveló todo lo que sabía. Reconoció haber ingresado en las filas de Sendero Luminoso cuando era un estudiante universitario, y que su cuñado también era militante.


Jiménez lo interrogó varias horas, entre incontables tazas de café y mientras unas cámaras ocultas tras la ventana de espejos del cuarto de interrogatorios filmaban en silencio. De repente, casi como si fuera una ocurrencia, Arana Franco dijo:


-Guzmán está en Lima. Lo vi hace menos de un mes.


Jiménez se quedó atónito.


"Sotil" contó entonces que los habían llevado con los ojos vendados a donde se encontraba el líder senderista, pero fue capaz de describir a los que organizaron la reunión y el trayecto, que siguieron para trasladarlo. Valiéndose de estas pistas, Jiménez montó vigilancia las 24 horas del día en varios lugares. A él y a sus hombres únicamente les restaba esperar y observar.


Entre tanto, la encarnizada guerra urbana continuaba en Lima. El 16 de julio de 1992, una camioneta cargada con media tonelada de explosivos estalló en el centro del elegante barrio de Miraflores. Unas 20 personas murieron, más de 100 resultaron heridas, y más de 500 construcciones, entre casas y comercios, sufrieron daños graves.


Cuatro días más tarde, un coche bomba destruyó el edificio del Instituto Libertad y Democracia, situado a cinco cuadras de la calle Tarata. Al día siguiente, la embajada de Bolivia también sufrió los estragos de un coche bomba.


El 22 y 23 de julio, Sendero Luminoso realizó lo que sus militantes llamaron un "paro armado". El sistema de transporte público quedó paralizado. Unos cuerpos de psitoleros senderistas atacaron a las personas que marchaban a trabajar y asesinaron a los taxistas que se atrevieron a hacer caso omiso del "paro". A uno lo sacaron por la fuerza de su coche y lo quemaron vivo. Carretas de frutas cargadas con explosivos estallaron frente a varias escuelas. El segundo día, el ejército y la policía prácticamente se recluyeron en su cuarteles y estaciones. El movimiento en la ciudad se redujo al mínimo. Los terroristas no cabían en sí de gozo, pues el "paro armado" -ensayo general para realizar un "levantamiento en todo el país"- había sido un éxito.



Una de las casas que Jiménez tenía bajo vigilancia estaba unibcada en el número 459 de la calle 1, en un barrio nuevo llamado Los Sauces. La habitaban un hombre joven con barbas de chivo y una mujer ágil y esbelta que parecía ser su esposa.


En la calle contigua Benedcito encontró a un coronal de la policía que les prmitió vigilar las 24 horas del día desde una habitación ubicada en un segundo piso, con vista a la casa de calle 1. Además, instruyó a algunos de sus agentes para que se hicieran psar por recolectores de basura en esa zona.


La pareja vigilada tenía ciertos hábitos invariables. cada mañana ella despedía al hombre cen el umbral de la puerta con un beso, y luego volvía al interior de la casa. Con su portafolio en la mano y vestido con saco y corbta, el sujeto daba la impresión de ser un joven profesional que iba camino a su oficina. Los agentes del GEIN empezaron a llamarlo "Lolo", y a ella, "Lola".


La vigilancia de la casa yu la inspección de la basura proprcionaron pocas pistas. Lolo pasaba gran parte del día recorriendo el vecindario, como si buscara indicios de algo sospechoso. Jiménez llegó a pensar que quizá la pareja solo estuviera cuidando la vivienda en espera de la llegada de militantes o dirigentes senderistas.


A principios de septiembre, varias jóvenes delgadas y atractivas empezaron a llegar y salir de las casa con regularidad. Los agentes del GEIN las siguieron e identificaron como estudiantes de danza. Entonces descubrieron que la tal Lola era Maritza Garrido Lecca, conodica bailarina de ballet moderno.


-¡Diablos! ¡Es una academia de danza! -exclamó sorprendido Jiménez cuando sus hombres lo enteraron del asunto.


No le cabía en la cabeza que Guzmán pudiera estar escondido en uan casa tan pequeña, donde el salón de baile debía de ocupar posiblemente una planta completa.


-Al parecer nos metimos en el sitio equivocado -concluyó-. Suspendan la vigilancia.


Dos de sus agentes protestaron con vehemencia, pero Jiménez no revocó la orden. Entonces aquellos, sin decirle nada, dejaron unos cuantos hombres vigilando el inmueble en tanto trataban de convercelo. Al final Benedicto cedió y ordenó que reanudaran la vigilancia.


Entre los desperdicios de la casa que losa gentes disfrazados recogían aparecieron cinco tipos distintos de cabello, Era posible que fueran de las estudiantes de danza, pero algunos de los invetisgadores del GEIN opinaban que podrían ser de otros personas. Más tarde encontraron colillas de cigarrillos de la marca Winston Lights, la misma de otros que habían hallado en la casa de la calle Buenavista. Era extraño, pues los hombres apostados en Los Sauces no habían visto fumar ni a la pareja ni a las bailarinas.

A Jiménez le preocupaban otras cosas. Cierta noche, uno de los equipos de vigilancia vio moverse una silueta entre las persianas de una de la ventanas de la planta alta, cuyo perfil no correspondía a ninguno de los ocupantes de la casa.

La mañana del sábado 12 de septiembre, Jiménez se dirigió solo en su coche a la oficina del GEIN Mientras recorría las calles de Lima, reflexionó sobre lo que sus hombres le habían informado acerca de la casa de Los Sauces: la silueta de un desconocido, el pelo sin identificar, las colillas de cigarrillos. Uno de los agentes había averiguado que "Lola" era sobrina de Nelly Evans, la ex monja capturada en la casa de la calle Buenavista, de donde se les había escapado el emisario del terror. Jiménez sabía que si Guzman estaba oculto en Los Sauces, no se quedaría allí por mucho tiempo. Entonces resonaron en su mente las palabras que había dicho a sus hombres varios meses atrás: Se camina a oscuras, con cuidado y casi siempre con lentitud. Sólo el tiempo y el trabajo llevan luz a esa oscuridad.

Al llegar a la oficina, había tomado una desición: irrumpirían en la casa de Los Sauces ese mismo día, sin pensarlo más. Es hora de llevar luz a la oscuridad, se dijo.

Los agentes encargados de realizar el arresto rodearon el inmueble. Desde su puesto de mando, Jiménez, Miyashiro y Valencia, escuchaban las transmisiones de radio de los policías mientras tomaban posiciones. Hacia el anochecer, un agente se comunicó para avisar que dos visitantes acbaban de entrar en la casa, y que ellos se mantendrían a la espera a la vuelta de la esquina, a 60 metros de distancia. Esa noche había varias fiestas en esa manzana, así que a nadie le extrañó ver gurpos de personas conversando en las aceras. Entre ellas estaba una pareja de jóvenes que se besanamn y decían cosas al oído; eran dos agentes del GEIN: "Ardilla", y su prometida "Gaviota".

De ponrot hubo movimiento en la casa. Al ver que la puerta se abría, Ardilla y Gaviota corrieron hasta allí, con pistolas en mano.

-¡Que nadie se mueva! -gritó Gaviota, en tanto Ardilla se apoyaba en la puerta con todo su peso.

Desconcertados, los ocupantesse quedaron inmóviles.

-¿Qué ocurre? -gritó Lola, al tiempo que Lolo arremetía contra Ardilla tratanto de desarmarlo.

La agente disparó al aire y luego apuntó su arma a la cabeza de Lolo, que al instante dejó de forcejear.

-¡Entren todod allí! -ordenó Gaviota, al tiempo que señalaba el garaje sin bajar el arma-. ¡Pongan las manos sobre el coche!

El disparo produjo un silencio repentino en toda la cuadra. La música de las fiestas cesó abruptamente y entonces se oyó el golpeteo de muchos pies que corrían en distintas direcciones. El mayor Valencia y los agentes de refuerzo corrieron hacia la casa, mientras Ardilla subía a la planta alta a grandes zancadas. Allí vio desaparecer tras una puerta corrediza de madera una cara cuyos ojos revelaban sorpresa y temor. Corrió hasta la puerta y la empujó con todas sus fuerzas. La frágil estructura cedió y lo hizo caer de espaldas. Se puso de pie de un salto y luego subió otro tramo de escaleras que conducían a una habitación superior. En ese instante sintió que alguien pasaba corriendo junto a él: era Valencia, que iba al frente del grupo de refuerzos.

El mayor inspeccionó el lugar en cuestión de segundos: había estantes de libros y un hombre de cara rolliza sentado en un sillón. Lo rodeaban varias mujeres, como si quisieran protegerlo con sus cuerpos. El sujeto, que parecía estar genuinamente sorprendido, se puso de pie y miró temeroso hacia la puerta. Era Abimael Guzmán.

Con el corazón acelerado, Valencia apuntó su arma hacia el grupo.

-¡Quedan arrestados! -gritó.

Una de las mujeres, que llevaba una banderita roja en al mano, se interpuso entre Guzmán y la pistola.

El mayor sintió una mano pesada en el hombro. Era el comandante Miyashiro.

-Tranquilo, Luis -le dijo.

Valencia bajó el arma. Luego salió del cuarto, se sentó en las escaleras y llamó a Jiménez por radio:

- ¡Afirmativo! ¡Afirmativo! ¡Lo tenemos! ¡Atrapamos al Cachetón! ¡Envíe refuerzos!

No pudo seguir hablando. Estaba hiperventilado y se sintió mareado. No lo podía creer.

En la oficina del GEIN, Jiménez se puso de pie de un salto y abrazó al general Antonio Ketin Vidal, jefe de la policía antiterrorista. Los agentes gritaron llenos de júbilo y luego corrieron a sus vehículos.

La guerra terminó

Cuando Vidal y Jiménez subieron a la planta alta de la casa de Los Sauces, los agentes aplaudieron entusiasmados. Guzmán, pálido pero sereno, estaba de pie, mientras Elena Iparraguirre, la Paloma Tres, trataba de apartarlo de los investigadores con su delgado cuerpo y con la punta de la banderita roja:

-¡No lo toquen! -decía una y otra vez con voz angustiada, casi histérica-. ¡Nadie puede tocar al presidente Gonzalo!

Otras dos mujeres, miembros del comité central de Sendero Luminoso, yacían boca abajo en la habitación contigua, ya esposadas.

Guzmán puso cara de asombro cuando Vidal le pfreció la mano, pero entonces correspondió a la muestra de cortesía y se la estrechó.

-Soy el general Vidal, doctor Guzmán -se presentó el militar-. Tal parece que en esta guerra le llegó el momento de la derrota, pero le proporcionaremos todas las garantías legales que sean necesarias.

-No hay mucho que puedan hacerme -respondió el líder, a la vez que se daba golpecitos en la sien con el dedo índice-. Aunque el hombre muera, su pensamiento queda.

Con todo, Jiménez vio la derrota en los ojos de Guzmán. La guerra terminó, se dijo. Perú se ha salvado. Entonces dio media vuelta y empezó a felicitar con un abrazo a cada uno de sus hombres. Unos rieron; otros lo estrecharon en silencio, y hubo algunos que lloraron.

Después de ver a Vidal llevarse a los detenidos, Benedicto y la mayoría de sus agentes decidieron quedarse otro rato en Los Sauces. Muchos no habían comido nada en todo el día, así que Gaviota preparó en la cocina un lomo saltado, platillo tradicional peruano hecho con carne y papas.

-Tenemos que brindar -añadió Jiménez-. ¿Hay algo bueno de beber en este lugar?

Encontraron dos cajas de vino tinto Fond de Cave, el preferido de Guzmán. Al líder senderista le gustaba beberlo a sorbos mientras urdía sus planes de muerte y destrucción. Jiménez alzó su copa para expresar su beneplácito por la paz recuperada.

-Brindemos por la vida y por la libertad -dijo sonriendo-. Y también por el GEIN y por la policía de investigaciones ¡Salud!

Todos los agentes alzaron sus copas y rugieron al unísono:

-¡Salud!

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Abimael Guzmán fue sentenciado a cadena perpetua, pero no demostró el estoicismo que había demandado de sus seguidores. En 19993 le escribió varias cartas al presidente Fujimori pidiéndole realizar negociaciones de paz. Con el encarcelamiento del "presidente Gonzalo", Sendero Luminoso perdió el rumbo y luego empezó a desmoronarse. El número y la intensidad de los ataques disminuyeron día con día. A finales de 1994, la organización, aunque seguía siendo peligrosa, dejó de ser una amenaza para la estabilidad del país.

El 12 de septiembre de 1994, fecha del segundo aniversario del arresto de Guzmán, los miembros del GEIN, que por entonces trabajaban en distintos equipos, se reunieron en casa de los agentes Gaviota y Ardilla. Los 80 investigadores del grupo se apretujaron en el patio trasero a rendir homenaje a su comandante.

El mayor Rubén Zúñiga habló en nombre de todos. Fue un discurso conmovedor, y fueron pocos los que no tenían los ojos humedecidos cuando terminó de pronunciarlo. Luego le entregó a Jiménez -que fue ascendido a coronel un mes después de la captura de Guzmán- un diploma hecho de cuero en el que cada agente había anotado su nombre y que decía: "Al fundador y jefe del GEIN coronel Benedicto Jiménez Bacca, ene l segundo aniversario de la "Hazaña del siglo" e inicio de la pacificación nacional.

jueves, abril 23, 2009

El día que cayó Sendero Luminoso (parte 3)

Al borde del caos

Al igual que Benedcito Jiménez, cuya vida era ejemplo de perseverancia y tesón para superar dificultades en apariencia insalvaables, muchos de los miembros del GEIN eran hombres decididos a y tencaes, proveninetes de famlias de escasos recursos que emigraron a la capital en busca de una vida mejor. La huida de Abimael Guzmán fue muy frustrante para todos ellos, pues con el paso de los meses el país se había ido precipitando al caos. mediante ataues sorpesivos en los barrios pobres de la ciudad, los militantes de Sendero Luminoso, destruían redes de organizaciones populares, asesinaban líderes y dejaban en ruinas comedores de beneficiencia y edificios de asociaciones de ayuda mutua. Los extranjeros que realizaban trabajos voluntarios en la comunidad eran objetos de atentados; los grupos de feligresese recibían graves amenazas, y los empleados de organizaciones no gubernamentales eran perseguidos o asesinados. A raíz de un sabotaje perpetrado por los senderistas contra la red eléctrica de Lima, el racionamiento de energía y los apagones se volvieron cosa habitual. Así pues, para los agentes del GEIN atrapar a Guzmán también se convirtió en un reto.

Las gavillas de Sendero Luminoso que perpetraron los actos terroristas más atroces en Lima, pertenecían a "Socorro Popular", el grupo de "beneficiencia" de la organización. Al principio esta agrupación se limitó a asesorar a terroristas presos, a ayudar a sus familias y a proporcionarles atención médica. A fines de los años 80, empero, "el presidente Gonzalo" ordenó "militarizar" todas las divisiones senderistas, y Socorro Popular lo hizo con tal eficiencia, que al poco tiempo estaba a cargo de planear y ejecutar casi todos los actos terroristas urbanos de la organización.

Sus miembros eran hombres y mujeres bien adiestrados, dispuestos a vivir como espartanos y a desplazarse por todas las zonas de la ciudad cuando se requería. Siempre alertas y recelosos, reconocían sin dificultad a los equipos de vigilancia de la policía. Para evitar que los pocos hombres con que contaba fueran descubiertos, Jiménez hizo que unos actores les enseñaran a maquillarse y disfrazarse a fin de parecer entres 30 y 40 años más viejos. Los agentes pronto aprendeieron a transformar su apariencia con cambios de vestuario, postura y manera de caminar.

Un experto británico a quien llamaban "Norman" los hizo revisar a fondo sus técnicas de vigilancia, y luego les enseñó las mejores maneras de combinar observadores de a pie con observadores en vehículos, así como a relevarse sin ser descubiertos.

Poco a poco, Jiménez y sus agentes fueron haciendo progresos. El 28 de noviembre de 1991 capturaron a una fracción importante del brazo miltar de Socorro Popular. Posteriormente el 26 de febrero de 1992, el GEIN puso fin a las actividades clandestinas de las clínicas móviles de al agrupación, en primer término las de cirugía. Y el 13 de abril del mismo año aprehendieron a los senderistas encargados de publicar El Diario.

Por entonces Jiménez contaba ya con los servicios de varios investigadores distinguidos. Un hombre, que era mago de la fotografía y la electrónica, se encargaba de diseñar para el grupo toda clase de aparatos y accesorios para filmar, fotografiar y grabar a los sopechosos. Él les enseñó a los agentes del GEIN a intervenir teléfonos públicos utilizando minimicrófonos, y diseñó una maleta especial para cámara de vídeo que permitía operar el aparato sin necesidad de abrir la maleta.

Jiménez sometía todas las desiciones importantes a la consideración de Marco Miyashiro, comandante de la policía de investigaciones, y a la del mayor Luis Valencia Hirano, ambos expertos agentes antiterroristas descendientes de inmigrantes japoneses.

Otros colaboradores del grupo eran el capitán Guillermo Bonilla, incansable agente especializado en las actividades de Sendero Luminoso, y el mayor Rubén Zúñiga, quien se convirtió en uno de los mejores organizaciones y analistas del creciente caudal de información que el GEIN recibía.

Con todo, la situación general seguía deteriorándose, y Jiménez se percataba de que los esfuerzos de sus hombres resultaban insuficientes. Peribía la desesperación y la intranquilidad que reinaban a su alrededor. En tanto Abimael Guzmán anduviera suelto, la sangrienta campaña de Sendero Luminoso mantendría su marcha inexorable. Los viejos amigos de Jiménez, como muchos otros peruanos, estaban abandonando el país. En las reuniones que el grupo sostenía con otras agencias policiacas con el ejército, la rabia y la frustración eran incoultables. El creciente número de guardaespaldas que contrataban los principales funcionarios de seguridad del país revelaba con claridad sus temores.

Jiménez no tenía guardaespaldas; Miyashiro y Valencia tampoco. Para ello habrían tenido que sustraer del servicio a varios de sus hombres. Benedicto vivía en el quinto piso de un edficio ubicado en un barrios de clase media. Cada vez que iba a salir del inmueble, su ayudante recorría las calles aldeañas para cerciorarse de que nadie lo estuviera vigilando, o para prevenir una posible emboscada. Luego Jiménez salía a toda prisa con su pistola calibre .38 en la mano, aunque cubierta con un suéter o con un periodico.

El investigdaro regresaba a casa a distinta hora cada día y casi siempre avanzaba la noche, lo cual repercutió enormemente en su vida familiar. No obstante lo doloroso que era pra él y para su esposa, acordaron no salir juntos del edificio.

-Así, si algo malo le pasa a alguno de los dos, nuestros hijos se quedarán al menos con un padre -dijo Benedicto.

Mara, policía como él, sobrellevó con valentía la incertidumbre, y con frecuencia la soledad. Sin embargo, la tensión aumento hasta volverse casi insportable. Benedicto pasaba entre 10 y 14 horas diarias en la oficina del GEIN, seis o siete días a la semana, revisando vídeos y planeando las tareas de sus agentes. Cuando el grupo realizaba operaciones importantes, Jimenez podía pasar varios días en la oficina sin volver a casa. Su propósito de capturar a Guzmán había empezado a convertirse en obsesión.

Mara comprendía que para su esposo era casi imosible sutrarse del trabajo, pero tambien sabía que era a sus hijos a quiense más afectaba la susencia de Bendcito. Esta situación empezó a tener consecuencias negativas en el rendimiento escolar de los niños. Cuando la hija de la pareja, que hasta entonces había sido una estudiante ejemplar, empezó a tener dificultades en la escuela, Mara concertó una cita con un psicólgo para pedirle consejo.

-Por favor, trata de venir -le suplicó a Benedicto.

Jiménez asistió a la cita, pero llegó tarde e irritado por tener que dejar el trabajo unas horas.

-¿Cómo pueden sentarse aquí a hablar de psicología mientras el país está a putno de explotar? -dijo, un poco exasperado.

El tiempo se agota

El 5 de abril de 1992, el presidente de Perú, Alberto Fujimori, ejecutó un "autogolpe", disolvió el Parlamente y el poder judicial y empezó a gobernar por decreto. Elaboró un programa para convocar a elecciones, pero, entre tanto, en el país se abolió la democracia.

Los senderistas ni se inmutaron. Por orden de Guzmán, hicieron estallar ocho coches bomba en Lima entre el 5 de abril y al tercera semana de mayo, la mayoría de ellos en estaciones de policía e instalaciones del ejército, con efectos desastrosos. El 22 de mayo, un vehículo cargado con media tonelada de explosivos estalló en San Isidro, zona de edificios de oficinas, bancos y centros comerciales. El gobierno impuso el toque de queda.

Los asutados genreales y funcionaros de seguridad del régimen de Fujimori le exigían resultados a DINCOTE; es decir, que hiciera arrestos. Y en las reuniones del alto mando de la policía sólo se hablaba de que el tiempo se estaba acabando.

(continuará...)

miércoles, abril 22, 2009

El día que cayó Sendero Luminoso (parte 2)

"¡Son senderistas!"

Los miembros del GEIN habían seguido a un hombre hasta una residencia situada en Monterrico, elegante barrio de Lima donde vivían muchos oficiales de alto rango del ejército. El vecindario tenía vigilancia militar las 24 horas del día. Desconcertado, Jiménez se preguntaba si aquel individuo era un chofer o hijo de algún general incauto.

-Vigílenlo, por si acaso -ordenó a sus hombres.

Entonces dieron con la pista de otro sospechoso: un hombre de estatura media y ligeramente obeso, pero de aspecto refinado. Se llamaba Luis Arana Franco, era ingeniero y vivía con su esposa y una hija en un apartamento de un barrio de clase media de Lima. Gracias a los refuerzos, Jiménez pudo montar vigilancia en la casa del sospechoso y en sus oficinas, así como intervenir sus teléfonos y seguir sus movimientos.

En público, Arana Franco era director de una próspera academia de preparación para aspirantes a ingresar en la universidad. Pero en privado, como descubrió el GEIN al poco tiempo, distribuía fondos a una amplia red de miltantes de Sendero Luminoso. "Es el abrevadero del que todos beben", comentó uno de los agentes. Lo apodaban "Sotil", por un ex jugador peruano de fútbol que tenía gran habilidad pas pasar el balón en todas direcciones. Mientras Sendero Luminoso necesitara dinero, los militantes seguirían recurriendo a él. Sin embargo, Jiménez se preguntaba si Arana Franco no era más que un dsitribuidor de fondos mal habidos sin grandes responsabilidades en la organización. Lo frustraba no saber qué tan cerca estaba ese hombre del centro de la telaraña, pero no iba a cejar en su empeño de averiguarlo.

A fines de mayo, cuando llegó la fecha de asestar el golpe, Jiménez reunió a todos sus hombres de los equipos de vigilancia para informarles que debían ejecutar la opreación el 1 de junio. Él se dirigía con el grupo principal a un refugio de los senderistas situado en el sur de Lima, donde iban a reunirse los militantes de más alto rango. No arrestarían a Isa, les explicó; era una pieza menor. Y tampoco a "Sotil", el tesorero, pues los senderistas seguramente seguirían acudiendo a él en tanto lo consideraran libre de sospechas.

-Nos es más útil en la calle que tras las rejas -les dijo.

La casa de Monterrico era un misterio. Si por vigilarla acababan enfrentándose con un iracundo general armado, el grupo podría ser disuelto. Así pues, Jiménes decidió enviar solamente a tres agentes policiacos vestidos de civiles.

-Esperen fuera de la casa hasta que alguien abra la puerta -los intruyó-. Y una vez que inmovilicen a esa persona, entren. Si resulta que nos equivocamos, expliquen porqué están allí y ofrezcan disculpas.

Fuera de la residencia de Monterrico, aspotados de manera que no pudiesen ser vistos desde las ventanas, los tres agentes del GEIN esperaron nerviosos a que alguien saliera. Por fin oyeron que la puerta de la cochera se abría, y de inmediato corrieron hasta allí. Una mujer de baja estatura y que cojeaba visiblemente se disponía a salir a la calle. Dos de los agentes la sujetaron de los brazos y luego la condujeron a la sala, mientras ella pegaba alaridos. Entonces apareció otra mujer de expresión resuelta que usaba lentes de armazón grueso. A sus espladas, un hombre evidentemente alterado luchaba por conservar la calma.

-¿Quiénes son ustedes? -gritó la mujer de los lentes-. ¡Lárguense de aquí o llamaré a la policía!

La otra mujer seguía pataleando, rasguñando y gritando, en tanto los agentes explicaban que habían ido en busca de terroristas.

-¡Váyanse ahora mismo o aténganse a las consecuencias! -exigió la de los lentes-. ¡Sé muy bien a quíen debo llamar!

Mientras el teniente encargado de la operación empezaba a musitar disculpas, otro de los agentes se puso a mirar alrededor hasta que su vista se posó en la entrada de la cocina. Allí, en una pizarra blanca, vio unas letras rojas parcialmente borradas que decían: "Gran Revolución Cultural Proletaria. ¡Viva el maoísmo!"

-¡Son senderistas! -gritó el policía, al tiempo que desenfundaba su pistola y apuntaba con ella al hombre y a la mujer de los lentes-. ¡Son de Sendero Luminoso!

La otra mujer empezó nuevamente a patalear y gritar, mientras el sujeto hacía el intento de huir. Un minuto después, los tres estaban esposados y mirándose impotentes unos a otros, en tanto los agentes enviaban mensajes por radio a Jiménez.

-¡Mayor, venga aquí de inmediato, por favor! ¡Traiga refuerzos! ¡Necesitamos que nos ayuden!

Treinta minutos después, Jiménez inspeccionaba la casa, estupefacto. La planta alta era un verdadero museo de Sendero Luminoso. En un cuarto había mapas y exaltadas descripciones gráficas de los primeros actos terroristas consumados por la organización, así como pinturas y objetos de artesanía con representaciones de atentados. También había varias banderas rojas bordadas -algunas de ellas fimadas por el mismísimo "presidente Gonzalo"- que conmemoraban fechas y acciones importantes de los senderistas.

En una habitación contigua, Jiménez encontró numerosas tarjetas de indentidad cuidadosamente archivadas, unas con datos y otras en blanco. Había también cientos de informes de actos, reuniones y aceurdos de Sendero Luminoso, clasificados con mucho esmero, así como unas "cartas de sumisión" dirigdas a Guzmán en las que los nuevos militantes (identificados con sus nombres y direcciones reales) juraban servir a la organización. Una vez firmadas las cartas, era imposible dar marcha atrás.

Los investigadores del GEIN examinaron los documentos y descubrieron que Elvia Zanabria, la mujer de lentes que casi había conseguido engañar a los policías, rendía cuentas directamente a los dirigentes senderistas. Estaba a cargo de la organización de las reuniones del grupo, así de llevar minutas de las mismas. Tenía, además, copia de los archivos de la banda.

Todo esto diseñado con el único fin de arrastrar a jóvenes terroristas a asesinar y morir, pensó Jiménez. La policía antiterrorista peruana nunca vio nada parecido.

El investigador regresó luego a la planta baja.

-Mire mayor -le dijo a uno de los agentes, al tiempo que le mostraba una fotografía que habían encontrado-. Guzmán ha estado aquí. éste es el cuearto donde se tomó la foto que apareció en el El Diario.

Era cierto. En 1988, El Diario, periódico de Sendero Luminoso, publicó una obsequiosa "entrevista" con Guzmán, así como una fotografía suya muy retocada. El líder terrorista era fácil de reconocer por el negro pelo relamido y el mofletudo que le había merecido el sobrenombre de "El Cachetón" entre los agentes policiacos. La foto, de mayor tamaño que la publicada en el periódico, revelaba que fue tomada en una de las habitaciones de la casa de Monterrico.

Jiménez estaba eufórico. Casi podía sentir la presencia de Guzmán. Podemos atraparlo, pensó. Le vamos a echar el guante.

Esa noche, en su casas, Mara Chirinos de Jiménez observó detenidamente a su esposo. Tras varios meses de agobiante presión, Benedcito se veía por fin contento, como si le hubieran quitado un enorme peso de encima. Después de todo, los "cazafantasmas" ya habían cazado a los primeros fantasmas.

Las tres palomas

Al poco tiempo los equipos de vigilancia del GEIN, de tres miembros cada uno, volvieron a salir tras la pista de Arana Franco. Varios se apostaron cerca de su casa, y sus oficinas, intervinieron sus teléfonos y lo siguieron a cuanto sitio iba. Mientras creyeran que "Sotil" seguía sin despertar las sospechas de la policía, los senderistas seguramente acudirían a él. Entre tanto, el grupo mantendría la vigilancia. "Hacemos de la paciencia un arte; de la espera, una virtud", solía decir Jiménez.

A mediadios de noviembre, tres agentes del grupo siguieron a una sospechosa que vieron salir en coche de una de las oficinas de Arana Franco. La mujer, que se hacía llamar "Lucía", se dirigió a una casa ubicada en el número 265 de la calle Buenavista, donde abrió la cochera y metió el auto. La casa, situada en Chacarilla del Estanque, barrio de clase alta de Lima, estaba resguardada por un muro de ladrillo rojo, enfrente de una esquina de un pequeño parque. Como en todo vecindario de ricos, los merodeadores no pasban inadvertidos, por lo que era difícil llevar a cabo la tarea de vigilar. Cuando Jiménez les preguntó a varios vecinos si sus hombres podrían subir a sus tejados para "efectuar una vigilancia relacionada con el tráfico de drogas", todos le respondieron que no.

Entonces el investigador desplegó con mucho sigilo una patrulla de "observadores" que se apostaban en coches sin insignias policiales y recorrían a pie todas las calles de acceso al vecindario. Varios de sus agentes se disfrazaron de jardinero que fingían trabajar en el parque, y otros dos se hicieron contratar como guardiar de seguridad privados, empleados muy comunes en los barrios de clase alta de la capital peruana. Hicieron tan bien su trabajo, que unos días más tarde un residente les pidió vigilar un almacén de herramientas de su propiedad ubicado en una de las esquinas del parque. Esto les permitió quedarse deambulando por allí hasta varias horas después de que terminaba su jornada.

Jiménez designó también a tres investigadores disfrazados de basureros para que recogieran los desperdicios de las casass de la calle Buenavista y de los llevaran a la oficina del GEIN para examinarlos. Los "basureros" recibieron una inesperada recompenza por su arduo trabajo: en Navidad, los residentes les dieron en gratificaciones más dinero del que ganaban como policías.

Además de Lucía, en el número 265 de la calle Buenavista vivían otras dos mujeres. Los agentes las distinguían llamándolas Paloma Uno, Paloma Dos y Paloma Tres.

En los últimos días de noviembre, los senderistas intensiicaron sus ataques a puestos de la policía y del ejército en Lima y otros lugares del país. Ya entiendo, se dijo Jiménes. El 3 de diciembre es el cumpleaños de Guzmán. Como esa fecha siempre había sido importante para Sendero Luminoso, los investigadores. sospecharn que las habitantes de la casa de la calle Buenavista estaban preparando una celebración.

Alguien sugirió irrumpir en al casa por sorpresa, pero Jiménez se opuso firmemente.

-No estamos seguros de quiénes viven allí -dijo.

Se negaba rotundamente a arrestar a alguien sin tener bases suficientes para hacerlo.

-En los servicios de inteligencia -explicó a sus hombres- se camina a oscuras, con cuidado y casi siempre con lentitud. Sólo el tiempo y el trabajo llevan luz a esa oscuridad.

Cuando eso ocurriera, la investigación por fin daría el resultado que tanto ansiaban el y sus superiores.

A Jiménez le faltaban hombres, pues contaban con menos de 50 policías para vigilar y seguir a más de 60 sospechosos. Con frecuencia tenían que trabajar dos o tres turnos seguidos durante dos o más semanas. Para muchos fue difícil, sobre todo para los que tenían esposa e hijos. Trabajar en las noches y los fines de semana era lo normal, pues los militantes de Sendero Luminoso solían aprovechar esa ocasiones para actuar.

En la última semana de enero de 1991, los agentes del GEIN noraton una actividad anormal enla casa de la calle Buenavista: las Palomas estaban sacando cajas. EL incesante trajín de supuestos senderistas en otros sitios de Lima obligó a intensificar la vigilancia allí también. Era hora de entrar en acción. Jiménez dispuso efectuar la acometida el último día del mes. Sin embargo, sólo pudieron capturar a Paloma Dos, una ex monja llamada Nelly Evans. Las otras dos habían huido varios días antes.

En uno de los sitios donde ejecutaron la operación simultánea, los agentes encontraron una bolsa de plástico que contenía cuatro cintas de vídeo. Una de ellas mostraba numerosas imágenes de Guzmán bailando, bebiendo y posndo ceremoniosamente. En otra, el líder aparecía rodeado por todos los miembros del comité central de la organización en la residencia de Monterrico, durante la única asamblea nacional celebrada por Sendero Luminoso, en 1988. Estaban formados de acuerdo con su rango. Ninguno de los agentes del grupo pensó que podrían dar con tan valioso tesoro.

Jiménes se dio cuenta de que las cintas habían sido grabadas por los dirigentes de Sendero Luminoso para dcoumentar algún día su historia oficial. Vaya, vaya, se dijo. A tal grado están seguros de la victoria.

Más tarde, en la oficina del GEIN, el investigador exminó las cintas una y otra vez. El sitio en que habían sido grabadas les parecía conocido. De pronto dio un respingo y exclamó:

-¡Ésta es su asamblea nacional; todo el comité central está reunido allí! ¡Y la otra cinta es de su fiesta de cumpleaños!

Guzmán había estado en la casa de la calle Buenavista el 3 de diciembre, festejando su cumpleaños con al mayoría de los demás dirigentes senderistas. No sabían que estaban rodeados, se dijo Jiménez. ¡Y nosotros no sabíamos a quiénes estábamos cercando!

Ésa fue la primera sorpresa. Tras examinar el resto de las pruebas que habían encontrado, hubo otra: descubrieron que Guzmán permaneció en la casa hasta el 24 de enero, una semana antes de la operación. Luego escapó con Paloma Tres, Elena Iparraguirre, la autoridad suprema en al organización después de él.

Jiménez reunió a sus hombres y trató de poner al mal tiempo buena cara. En realida, pese al hallazgo de los vídeos, la operación no alcanzó el objetivo planeado. Los agentes no sabían si Guzmán se había ido de Lima definitvamente o si estaba oculto en un escondrijo secreto. Pensaron que quizá nunca lo atraparían.

(continuará...)

lunes, abril 20, 2009

El día que cayó Sendero Luminoso (parte 1)

El siguiente es un artículo escrito por Gustavo Gorriti hace ya más de una década. Considero difundirlo, porque ahora que Fujimori ha sido sentenciado, no faltan las voces insensatas que abogan por la guerra sucia como un método que logró la pacificación de nuestro país. Y porque, nos demuestra cómo la inteligencia y el método de investigación, triunfaron sobre la brutalidad del grupo terrorista. Es una crónica del olvidado GEIN y su sagaz jefe, el coronel en retiro Benedicto Jiménez Baca, quien junto a un grupo de decididos agentes, decidieron humanizar la guerra interna, con el resultado que ahora tenemos: Abimael Guzmán capturado y encerrado de por vida.

El siguiente artículo lo he tomado de un número de Selecciones del Reader's Digest, de diciembre de 1996.

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La ola de terror desatada en Perú por Sendero Luminoso durante más de una década de violencia había costado miles de vidas. Y a medida que la nación se precipitaba hacia el caos, los senderistas cobraban mayor fuerza. Esta siniestra organización, comandada por Abimael Guzmán, líder despiadado y fanático, controlaba buena parte del territorio rural del país, y había comenzado a someter la capital mediante una encarnizada guerra urbana. La única posibilidad de acabar con el sangriento movimiento era darle una estocada en el corazón; es decir, capturar a su dirigente. Y esa difícil misión iba a recaer en un grupo de agentes excepcionales. Si lo lograban, significaría la salvación de su patria.

Era poco después de la medianoche en los estudios de Canal 2 de la ciudad de Lima, una de las estaciones televisivas más importantes de la capital peruana. El programa noticioso "El especial de 90 segundos" estaba por terminar. Fuera del edificio, en una caseta de vigilancia construida sobre un muro de 3 metros de altura, el guardia de seguridad Javier Requis vio un enorme camión doblar la esquina y enfilar hacia allí por la calle desierta. Requis había sido marino, así que de inmediato supo que el vehículo era de transporte de tropas de la armada. En eso, las puertas del camión se abrieron y tres hombres saltaron al pavimento. En Lima, en 1992, eso sólo podía significar una cosa...

-¡Coche bomba!- gritó el guardia a todo pulmón.

Dentro del estudio del programa de noticias, periodistas y presentadores y el personal de producción corrieron a refugiarse debajo de mesas y escritorios. Requis sacó su pistola e hizo varios disparos a la cubierta del motor del camión, con el volante trabado y un ladrillo oprimiendo el pedal de acelerador, irrumpía por las puertas de acceso hacia la entrada del edificio. En el interior del estudio se hizo un silencio repentino , sólo interrumpido por los gemidos de pavor de una empleada. Entonces el camión estalló. La explosión de media tonelada de nitrato de amonio pulverizó los gruesos muros del edificio con la violencia de un terremoto. Al cabo de unos segundos, Alejandro Pérez, el productor del programa, Requis y otro guardia estaban muertos, y más de 30 personas yacían heridas. Unas 100 construcciones, entre viviendas y comercios ubicados en más de tres manzanas, sufrieron graves daños; varios trozos de metal que salieron arrojados del camión cayeron a kilómetro y medio de distancia, y el cuerpo destrozado de Javier Requis fue hallado a unos 100 metros de la caseta de vigilancia.

Sendero Luminoso, la organización maoísta que había sentado sus reales en gran parte del territorio rural peruano, estaba dirigiendo la mira hacia la capital del país. Incitados por un líder fanático, los senderistas estaban intensificando la "guerra interna" que habían empezado más de diez años atrás y cuyo propósito era apagar la llama de la frágil democracia peruana.

Misión peligrosa

Corría 1990. En el interior del edificio feo y gris de la jefatura de policía de Lima, el investigador Benedicto Jiménez Baca, de 36 años, respiró profundamente y luego abrió la pesada puerta del despacho del general Fernando Reyes Roca, jefe de la dependencia. Disgustado desde hacía mucho tiempo por las tácticas que sus colegas usaban en la lucha contra Sendero Luminoso, Jiménez había propuesto diversas estrategias audaces -entre ellas realizar la investigación utilizando técnicas de inteligencia- para infundir nuevos bríos a la actividad antiterrorista. Sin embargo, sus críticas y propuestas sólo le acarrearon conflictos con sus compañeros y superiores, y la notificación de que iba a ser asignado a un puesto de oficina. Así pues, fue al despacho del general a despedirse, pero fue éste quien habló primero.

-Conversé sobre usted con Agustín Mantilla- Reyes Roca empezó a explicarle, refiriéndose al ministro del Interior-. Decidimos confiarle la tarea de formar un grupo independiente especial. Tendrá oficinas propias y sólo recibirá órdenes mías. Su misión será acabar con Sendero Luminoso, y no sólo con los militantes, sino también con el cabecilla.

Jiménez se quedó sin habla. Abimael Guzmán, ex profesor de filosofía convertido en maoísta, dirigía a Sendero Luminoso desde lo que en apariencia era una clandestinidad imposible de penetrar. A veces se informaba que el escurridizo personaje se encontraba en la región andina, y horas después se decía que estaba en Lima. Se movía en una red siempre cambiante de refugios secretos, y la policía no podía atraparlo porque Guzmán no solía permanecer más de un mes o dos en el mismo sitio.

Entre los senderistas, la astucia de Guzmán para escabullirse, no hacía más que aumentar su renombre y su influencia. La lealtad incondicional que le profesaban había hecho que la organización fuera casi impenetrable. El ejército y la policía antiterrorista -conocida como DINCOTE- les habían ganado algunas batallas, pero sin infligirles más daño que aprehender a algunos de los subalternos. Y en cuanto encarcelaban a un grupo de militantes, otros los reemplazaban al poco tiempo.

Los senderistas controlaban ya, o amenazaban con hacerlo, muchas regiones importantes del Perú, entre ellas buena parte del valle del Huallaga, zona productora de coca. Allí, por medio del terror, de amenazas y de reclutamiento, habían instaurado un gobierno fantasma que cobraba "impuestos" por todos los renglones del comercio de la cocaína: desde un gravamen por cada bolsa de hojas de coca producida por los campesinos, hasta un "impuesto de salida" que los traficantes debían pagar por cada avión que salía del valle. La organización también llenaba sus arcas con las "contribuciones" provenientes de numerosos negocios legítimos.

-Cuente conmigo- le respondió Jiménez al general.

El investigador sabía que acababa de aceptar el reto más difícil de su vida. Perseguir a Guzmán, era como perseguir un mito. El "presidente Gonzalo", como lo llamaban sus secuaces, era la clave de la unidad y la fuerza de la brutal organización. Él los hacía sentirse invencibles. En las prisiones de Perú, los senderistas encarcelados manifestaban su lealtad al líder con franca devoción. Alzaban antorchas ante su retrato y expresaban por medio de cánticos estar dispuestos a morir por "el marxista leninista maoísta más grande que existe sobre la faz de la Tierra". Su fanatismo no sólo los llevaba a declararse dispuestos al sacrificio, sino a matar sin piedad en su intento de someter por el terror a la sociedad peruana.

Sin embargo, para la mayoría de los peruanos Guzmán era un terrible símbolo de muerte y destrucción, una mente alucinada al frente de un grupo de exaltados. Su objetivo era acabar con la frágil democracia de Perú para imponer una dictadura marxista leninista y después extender la revolución a Ecuador, Bolivia y otros países. Para lograrlo, Guzmán había advertido que el gobierno comunista llegaría al poder llevado por un "río de sangre". De hecho, su delirio ya había costado 25.000 vidas.

El general Reyes Roca había elegido al hombre apropiado. Benedicto Jiménez, hijo de un capataz de obra negro y de una inmigrante griega, jamás se había doblegado ante un desafío. Su familia había sido de escasos recursos, pero él logró terminar la enseñanza media gracias al empeño y la insistencia de su madre. Para un muchacho con sus antecedentes, la policía de Perú era una de las poca opciones de empleo seguras. No aprobó el examen de admisión de la academia de policía, pero no se dio por vencido; se puso a estudiar con ahínco y consiguió ingresar al segundo intento. Durante cuatro años fue el mejor alumno de su clase, y luego se ganó la oportunidad de asistir al curso de comandos del ejército peruano. Fue el primer policía que logró terminar exitosamente ese curso, y hasta hoy, el único.

Después de graduarse en la academia de policía, Jiménez colaboró con agentes de la Administración Ejecutora de Leyes sobre Drogas de Estados Unidos (DEA) en al persecución y captura de grandes traficantes de cocaína en Perú. Era una tarea muy peligrosa, pero él aprendió a realizarla bien. Sobre todo asimiló el valor de tener paciencia para reunir datos, vigilar de cerca y hacer análisis metodológicos. Esto fue lo que convenció a Reyes Roca y a Mantilla de encomendarle tan arriesgada misión.

Dos semanas después de su entrevista con el general, Jiménez fue a instalarse en la apretada oficina que le asignaron, enfrente de la jefatura de policía. El lugar no estaba bien equipado: sólo había una silla desvencijada, un escritorio pequeño y una vieja máquina de escribir prestada. El investigador había solicitado 20 hombres, pero sólo le dieron cinco. Para desempeñar el trabajo de vigilancia y documentar con imágenes sus pesquisas, recibió dos coches destartalados y la anticuada cámara de vídeo del general.

-Ni hablar- les dijo Jiménez a sus colaboradores cuando se reunieron en la oficina-. Nos arreglaremos con lo que tenemos.

También les hizo saber que la unidad se llamaría Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), en homenaje del grupo antinarcóticos del que había sido miembro años atrás. Para partir de bases sólidas, les explicó además la filosofía y el método de operación que debían adoptar.

-Los terroristas no actúan por su cuenta. Tienen que recibir órdenes y mantener informados a varios jefes. Los seguiremos e cerca y luego haremos lo mismo con sus contactos hasta dar con el cabecilla. Tenemos que ser más listos, más sutiles, y más rápidos que el enemigo.

Jiménez estaba decidido a lograr que el grupo mantuviera elevados principios morales y a evitar a toda costa que incurriera injustificadamente a la violencia.

-Sendero Luminoso va dejando destrucción y muerte a su paso- les dijo a sus hombres-. Nosotros, en cambio, defendemos la vida, la libertad y la democracia. El que no crea estar a la altura de estos principios, puede irse.

Era un mensaje que habría de repetir una y otra vez.

Luego, en una hoja grande de papel, Jiménez hizo un dibujo que parecía una telaraña fue poniendo nombres a tantos hilos como pudo. En el centro colocó a Guzmán. La misión del GEIN, explicó, sería seguir a las arañas pequeñas hasta llegar al centro de la tela.

Tras indagar minuciosamente en sus archivos, el investigador compiló una lista de presuntos simpatizantes de Sendero Luminoso, así como de ex miembros de la organización. Una corazonada lo impulsó a concentrarse en una mujer de treinta y tantos años de edad, a la que llamaban "Isa". Seis años atrás, ésta permaneció detenida por un tiempo por ser supuesta militante secreta de Sendero Luminoso, pero después fue puesta en libertad por falta de pruebas. Un año más tarde, la policía antiterrorista recibió una carta de la madre de un joven que Isa quería reclutar para Sendero Luminoso. El tono de la carta era de angustia, y en ella, la mujer había anotado la dirección y el número telefónico de Isa.

Era posible que ésta siguiera siendo miembro activo de la organización, y como habían transcurrido ya muchos años, quizá confiaba en que nadie la vigilaba. Jiménez reunió a sus hombres.

-Quiero saber quiénes son los amigos de Isa- les dijo -, qué sitios frecuenta y quiénes la visitan.

Aquéllos se encargarían de recopilar cuanta información fuera posible en forma de fotos, cintas de vídeo y grabaciones telefónicas, y Jiménez irías revisando día con día el material reunido.

La corazonada del investigador fue certera. Uno de los contactos de Isa era Alfredo Castillo Montañez, un senderista veterano bien conocido por la policía. Este hombre hablaba en clave por teléfono. Cuando decía "Ven a recoger 200 plumas", Isa y otros miembros de la organización acudían a una oficina que Castillo alquilaba y salían cargando con varias cajas de cartón. Las "plumas" que éstas contenían no eran otra cosa que material propagandístico de Sendero Luminoso.

Paradójicamente, pese a que Jiménez y el grupo comenzaban a hacer progresos, sus colegas mostraban un insolente desdén por sus métodos. A la hora de pasar lista general, se mofaban de ellos llamándolos "los cazafantasmas"y haciéndolos objeto de sus chistes. Jiménez prefirió callar y concentrarse en enseñar a sus hombres las refinadas técnicas de vigilancia que había aprendido en las operaciones contra el tráfico de cocaína.

Al poco tiempo los miembros del grupo tenían ya en la mira a varios de los sospechosos con quienes Isa y Castillo tenían contacto.

-¿Cómo sabremos a cuáles seguir?- le preguntaron a Jiménez.

-Vigilen a los de más alto rango -respondió él-. Les diré cómo.

Entonces los condujo a una sala y les mostró un vídeo de un encuentro en la calle de dos militantes de Sendero Luminoso.

-Es claro cuál de los dos transmite las órdenes -dijo, mientras señalaba la pantalla-. El superior habla y el otro escucha. El subalterno llega primero y aguarda; el de mayor grado rara vez tiene que esperar. El subordinado habla con deferencia y el otro con autoridad. Así es como pueden distinguirlos.

El ministro Mantilla y el general Reyes Roca empezaron a hacer visitas al grupo, provistos siempre con raciones de comida china para todos. Revisaban los vídeos más recientes y estudiaban la telaraña de Jiménez, que se iba agrandando día con día. Pese a que había mucho en su contra, el taciturno investigador estaba obteniendo resultados, así que le consiguieron más hombres.

(continuará)

miércoles, abril 08, 2009

You've the touch... you've got the power

El día de ayer marcó un antes y un después... el día de ayer devolvió a este país la esperanza en su sistema judicial y la fe en la justicia.


CULPABLE by ~DarkPrince2007 on deviantART

Jejeje a celebrar con mis puffas XDDD ninja Yanamaru, bueno no tanto porque lo hayan metido a la cárcel y su familia esté sufriendo (de algún modo u otro), sino porque hoy vuelves a tener fe en tu carrera... y porque hoy es un nuevo amanecer.

Pero tengamos cuidado... los fujistoides ya amenazaron con un Revenge of the Fallen D:



¡Noo Optimus, no te vayas a morir! T_T

sábado, abril 04, 2009

Inglourious Basterds... today



No se si debería publicar esto en el Deviant Art. Capaz que luego me vuelan la cuenta por "antisemita"

Ni con Hamas ni con Israel... es la idea que este dibujo quiere transmitir.