lunes, noviembre 03, 2008

Los puntos sobre las íes

Consultando mi celular, me doy cuenta que ya ha pasado casi un año desde cierto vergonzoso suceso acaecido en mi alma máter. Diré en este caso el pecado, mas no el pecador. Es que posiblemente nunca me perdone el haber puesto esto en la blogósfera, pero a veces es necesario poner los puntos sobre las íes, aunque no sea más que un cri de coeur.

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Corría el fresco aire de un sábado 3 de noviembre del 2007 en el salón 311 de la facultad de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a las 18:30 horas. Era la última clase del curso de Realidad Nacional. El risueño profesor robusto y de rasgos afilados (que a veces recordaban un Montesinos "bueno") gastaba bromas con los alumnos, entre ellos un servidor, mientras repartía las notas del examen final (el promedio ponderado se iría a entregar por correo al alumno). Como aquella clase siempre invitó a la relajación, a la confianza, decidí gastarme unos minutos más para revisar el asunto de mi nota.

Resulta que en el examen oral final había sacado 16. La calificacion me pareció algo discutible, entre otras razones porque me había esforzado en prepararme para entonces. Tenía mis motivos claros para tal objeción y pensé que valdría la pena revisar los criterios de calificación.

Ya no quedábamos en el salón, sino el profesor, yo, y un par de chicos de quienes no recuerdo ni el nombre ni el rostro. Adelantándome a mis compañeros con un gesto ágil inicié un diálogo con el profesor, que creo que hasta ahora lamento:

-¿Sabe profesor? He estado pensando en al nota que me puso en el examen final oral.
-¿Sí? ¿Que hay al respecto?
-Bueno, usted me colocó un 16... y me estaba preguntando -rasqué un poco mi parietal- ¿porqué no me puso usted un 18?

Iba a decir un par de palabras más. Pero creo que jamás se rompió tan rápidamente el sosiego como en aquel instante. A la velocidad de la fibra óptica, el amigable rostro que durante meses estaba acostumbrado a ver (que incluso compartió un almuerzo conmigo en la humilde cafetería de Economía) dio paso a un rostro furibundo, y su voz se tornó un ladrido:

-¡Qué me está diciendo alumno! ¿Acaso pretende sacar 200 ó 300 y ponerse una nota que no se merece?

En ese instante flotaron las cortinas del salón por las ventanas abiertas, ondearon fantasmagóricamente a mis espaldas. No reparé en la expresión de mis testigos casuales pero nunca como entonces me sentí más desconcertado. Una total confusión invadía mi cerebro... ¿en qué momento había propuesto semejante cosa?

Y luego, con un tono semejante a una lija frotándose con la madera, dijo:

-Éso, alumno, se llama corrupción.

Cuanto he descrito líneas arriba, habrá ocupado cuando menos unos tres minutos, pero lo sentí incababable en este instante. A velocidad Matrix, veía suceder lo inimaginable.

Pero a ésa misma velocidad, contesté:

-No sé de que habla profesor. Está usted equivocándose conmigo. Déjeme aclararle algo muy importante.

Y procedí a decirle que si le decía aquello era lisa y llanamente porque me parecía que no había considerado muchas cosas al momento de calificarme, como por ejemplo la brevedad en la exposición (que tantas veces la exigía) y los datos actualizados.

Entornando los párpados, dijo:

-Bueno sí. Pero igual considero que le faltaron incluir más datos y abundar en el tema.

Y añadió:

-Puede usted retirarse.

-Gracias -dije lacónicamente y me eché a andar.

Camine y caminé, con la noche a cuestas. Eso fue lo que hice, sin reparar en nada más, incluyendo a mis compañeros mencionados. No paré de caminar hasta el paradero y de ahí ni bien conseguí un asiento me entregué al sueño.

Sorprendente episodio sin duda. No sé que habrá cruzado por su mente para imputarme tal acción, en la que jamás de los jamases incurriría... que habría pensado al oir mis palabras aquel hombre que siempre daba charlas anticorrupción y hablaba entusiasta de cómo siendo de la Universidad de Lima, siempre quiso vincularse con San Marcos... nunca o supe ni nunca lo sabré.

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El asunto es que luego se lo conté a mi familia (obviamente) y el lunes le dije a un amigo "Si te llgan a contar algo malo sobre mí, prométeme que por lo menos también oirás mi versión de los hechos" antes de contarle el suceso del anterior día; se lo conté a la buena L una tarde verano... eventualmente se lo conté a muchas más personas, pero obviamente omitiendo el nombre del infame profesor. Ahora lo cuento, con esa misma medida.

El presente post sólo ha tenido como objetivo contar una experiencia descarnada en el seno de mi alma máter. Corrupción la hay (como dijo mi tía al conocer del suceso) y en todas la universidades. Yo diría, mentes cochinas también...

Recientemente intercambiaba palabras con un compañero:

-Hey mira, es el profesor MiróQuesada con los cachimbos -dije recordando la ejemplar cátedra del ahora director de El Comercio.

-Ése webon -dijo, refiriéndose al profesor Miró Quesada Rada- Por su culpa pasé con 15. Me hubiera gustado llevar Ciencia Política con...

Y pronunció el nombre del infame docente. Me hice el loco y le dije:

-¿Ah sí? ¿Porqué no llevaste con él?

-Porque quería tener los sábados libres. Y dicen que era buena gente.

-Sí, ya lo creo- dije, dándole un sorbo a mi café.

Días después, concretamente un sábado 11 de octubre (oh casualidad) sorprendo su rostro volteando la esquina en dirección a la rampa que conduce a los pisos superiores, vistiendo un traje marrón. Oportunamente estaba leyendo el periódico y no me pudo visualizar. Me dije entonces: ¿quién más dirá de aquí a un tiempo, lo buena gente que es?

2 comentarios:

Dinorider d'Andoandor dijo...

en todas partes se cuecen habas, arriba, abajo y al través

JorgeCP dijo...

A sí? Nunca me lo contaste!!!
Y eso que perteníamos al extinto FRAC.
Nunca escucuche comentarios sobre ese profesor (quien era??) pero realmente el tio se pasó, algo como lo que hizo fontenoy con mi buena y linda enamorada.
Que raones habrá tenido para decirte semejante web-ada.
saludos faustneitor