lunes, octubre 16, 2006

De procesiones, tránsfugas y demás cuestiones del mismo tema, tratadas brevemente


Es el mes de octubre. Una tradición cuyos orígenes se remontan hasta 5 siglos, continúa en mi humilde urbanización de Sta Isabel. Sí, se trata de la procesión del Señor de los Milagros, aquella venerable imagen que, con su característico paso cansino y envuelto en aromáticas emanaciones, sostenido por un mar púrpura, ronda nuestras calles.
Probablemente no sea un tema para un blog, pero como en mi mundo todo tiene cabida, decidí darle un espacio a lo religioso. Ocurre que nos tocó el domingo pasado, a nosotros improvisar un altar, revestido de un modo un tanto deslucido de globos morados y blancos (aún no me convenzo lo suficiente del porqué de la relación entre lo morado y el Señor de los Milagros); unas cuantas palabras pronunciadas por mi prima mayor, y el reventón de los globos que neciamente se agitaban al viento, pudieron haberme bastado. Pero no fue así; decidí acompañar a mi madre hasta el parque cercano, y desde ya me había dado cuenta de algo que seguramente alegrará a marxistas, testigos de jehová (véase sectas, para no seguir enumerando) y demás enemigos encarnizados del catolicismo: lo reducido de los concurrentes.
Jóvens escaseaban, y más eran los curiosos que los devotos; personas de la tercera edad, vestidas con atuendos morados y escapularios prendidos de la blusa o la camisa. Y es que la cruda realidad la constituyen los mormones y testigos de jehová, grupos que crecen en número como la levadura de los fariseos. Como prueba de ello está la secta que llegó a nuestro Perú, que no recuerdo su nombre pero que la prensa ha bautizado como "iconoclastas", que en pleno octubre queman y rompen imágenes de devoción; curiosamente su líder, un feroz anticatólico, se ha proclamado un nuevo Mesías, tal como lo anunciara el Apocalipsis.
A menor escala, en mi barrio abundan los mormones; éstos seguidores del remedo de masonismo fundado por Joseph Smith en los principios del S. XIX, se negaron siquiera a barrer sus veredas. como si la limpieza fuera cuestión de religiosidad. Y si para ellos resulta más fácil creer en cuentos de hadas sanginarios, no hallo porqué no se pueda creer en la fe de sus ancestros.
La religión siempre es la piedra de toque para el creyente; ya sea que intenten hacerte renegar de la tuya para unirte a otra, o que se te presiones para apostatar de fe alguna, mi decisión ha sido, al menos, resistir todo embate. Bien dicen que no es posible permanecer completamente neutral. No es posible ser tibio: sólo existe lo frío o lo caliente. Aunque nunca llegue a resolverse este debate si sobre tal o cual religión es la verdadera, como diría Bocaccio, hasta ahora "permanece la duda de cual es el verdadero heredero".
Y hasta llegar a la respuesta, seguiré los pasos de la imagen, que con su andar lento pero constante, seguirá trazando nuevos rumbos en este país donde la devoción nace de la necesidad, y vive con alegría: el Perú.

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